Ernest trató de ahuyentar a la bestia, pero ésta saltó a la mesa de un brinco y permaneció allí bufando ante el inútil acoso del rifle. Seton pensó que el lince saltaría por la ventana, ya que, por un momento, éste giró su cuerpo como queriendo atravesar el cristal para salir huyendo. Pero no, no se iba. El lince volvió a encarar a Seton y lo atravesó con una mirada que brillaba con fiereza.
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