La construcción de los primeros espacios verdes de las ciudades vascas coincidió con una de las épocas más prolíficas y unitarias de su arquitectura, momento de resurgir urbano impulsado bajo el paraguas de la Ilustración, entre los siglos XVIII y XIX. Al mismo tiempo que las ciudades se ennoblecían con proyectos urbanos y arquitecturas neoclásicas, una transformación urbana más sutil se extendió por casi la totalidad del territorio, engalanando no sólo ciudades, sino también villas y poblaciones rurales: paseos, alamedas y prados arbolados, construidos como escenario de las nuevas costumbres de la época, definieron por primera vez una transición más natural entre las ciudades y su territorio circundante, resultado de una nueva conciencia urbana impulsada por las ideas ilustradas.
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